/
EMBAJADA DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA
ENGLISH

Discurso de Shannon sobre los cambios en el siglo XXI

Se refiere a la democracia, el desarrollo y los acuerdos de libre comercio

Publicado: 24 de setiembre de 2007

El secretario de Estado adjunto Thomas A. Shannon destacó el ritmo del cambio en las Américas, al señalar que es preciso impulsar y poner en vigencia acuerdos de comercio libre que beneficien a todos los pueblos de la región.

A continuación el texto del discurso que Shannon pronunció en esa ocasión:

(comienza el texto)

Palabras del secretario de Estado adjunto Thomas A. Shannon
Conferencia del Miami Herald sobre las Américas
Miami, Florida
20 de septiembre de 2007

Gracias por su amable presentación.

Me siento muy feliz al estar aquí hoy y tener la oportunidad de hablar con ustedes.

El Miami Herald y, especialmente, Andrés Oppenheimer, han preparado una agenda rica y provocadora para esta Conferencia sobre las Américas. Tienen ustedes una gran conjunto de oradores y miembros de grupos de discusión. Sé que ustedes tuvieron oportunidad de oír esta mañana al secretario de Comercio Carlos Gutiérrez, quien ha desempeñado un papel importante en la construcción y puesta en vigor de la agenda del presidente para las Américas. El secretario Gutiérrez ha ampliado nuestra comprensión de la función internacional del comercio, al trabajar con temas tan diversos como la inmigración, Cuba y nuestra agenda de comercio libre en las Américas. Su conferencia de junio pasado sobre la competitividad fue un esfuerzo pionero para definir una agenda hemisférica con el fin de mejorar la capacidad de las Américas de competir comercialmente en una economía mundial cada vez más desafiante.

Quiero usar el tiempo que me ha sido concedido para señalar unos cuantos puntos acerca de cómo percibimos a las Américas luego del viaje más reciente del presidente Bush a la región.

En primer lugar, estos no son la América Latina y el Caribe de los padres de ustedes. Ni siquiera es la América Latina y el Caribe de su hermano mayor. Las Américas del siglo XXI sufren un cambio dinámico. Y el ritmo del cambio se acelera. Las Américas que el presidente encontró durante su viaje de marzo, el octavo que hace a la región, fue marcadamente diferente de la región que él recibió en el 2001.

En segundo lugar, en su mayor parte el cambio es positivo. Ustedes están familiarizados con las dimensiones más amplias del cambio en las Américas, en especial el movimiento de los regímenes autoritarios a los gobiernos elegidos y de las economías cerradas, centralizadas, a las economías de mercado abiertas y libres que conectan los mercados mundiales. Pero, ¿quién habría adivinado que esta agenda sería adoptada con tanta decisión? Los países de la región eliminan barreras comerciales, integran redes de distribución de electricidad y mercados energéticos, colaboran respecto de las fuentes alternativas de energía, conectan infraestructuras nacionales, construyen nuevos foros para el diálogo y la cooperación políticos y llegan más allá de las Américas para cimentar las relaciones comerciales con Europa, Africa, la India y Asia. Aun aquellos líderes que condenan lo que llaman “neoliberalismo” hablan el idioma de la integración y el comercio.

En tercer lugar, la democracia es algo real y es el impulso más potente del cambio en las Américas. Hay otros impulsos importantes que aceleran el cambio. La mundialización, la migración, la integración de los mercados y los adelantos en la tecnología de la información. Pero ninguno de estos es tan espectacular como la democracia. El esfuerzo, a través de toda la región, para pasar de los gobiernos elegidos a los estados democráticos ha desatado fuerzas políticas poderosas e integrado en el cuerpo de nuestras sociedades sectores políticos que han estado históricamente excluidos: los indígenas, los afrolatinos y los pobres. El surgimiento de estos factores dentro de la democracia ha causado lo que el presidente Bush ha llamado una “revolución de expectativas”. Esta revolución, la verdadera revolución, hace que los países vuelvan a reflexionar en sus prioridades nacionales y den nueva forma a su diplomacia a medida que definen nuevamente sus intereses nacionales.

En cuarto lugar, como países de las Américas comprometidos con valores políticos y entendimientos económicos comunes, aumenta el espacio diplomático disponible para el diálogo y la cooperación. Esta es una región que resuelve sus problemas mediante el diálogo y la participación, y reconoce que la diplomacia debe atender las diferencias sin dañar la naturaleza esencialmente conectiva de las Américas. No es una coincidencia que la diplomacia exitosa en la región se construye en torno a agendas positivas, la cooperación y la colaboración y la multilateralidad vibrante. No es tampoco una coincidencia que las dos mayores democracias de la región, Brasil y México, se hayan comprometido ellas mismas a desempeñar un papel regional más grande y que países como Chile, Argentina, Uruguay, Perú y Colombia se han comprometido ellas mismas a preservar y mejorar los mecanismos del diálogo y la cooperación.

El último punto no es engañoso y desmesuradamente optimista. No significa disminuir las diferencias que existen en la región, o los principales retos que encaramos al ocuparnos de los intimidantes retos sociales y de seguridad. Quiero significar sólo esto:

 -- La diferencia que existe entre las naciones debe entenderse, con muy pocas excepciones, como diferencias entre los intereses nacionales tal como se los percibe, y no como divisiones ideológicas imposibles de romper;

 -- que estas diferencias son receptivas a la negociación y el acuerdo de concesiones mutuas; que los países más grandes, más importantes y más responsables de la región participan en la atención de estas diferencias;

 -- y, finalmente, que hay en las Américas espacio y una apertura para nuestra participación, si somos lo bastante sagaces como para sacar partido de ello.

Lo cual me lleva a un punto más amplio. A medida que las Américas cambian, así lo hace la naturaleza de nuestra influencia. Nuestra agenda ha prevalecido. Las Américas se han abierto al mundo, y lo han hecho de una manera que está mayormente de acuerdo con nuestros valores y prácticas.

Esto tiene dos consecuencias prácticas para nuestra diplomacia. Primero, los países de las Américas disponen de más opciones que, simplemente, nosotros. En otras palabras, tenemos que ser cuidadosos con nuestra competitividad diplomática. Segundo, esta región no se detiene. Las Américas no esperaran a los Estados Unidos. Estamos presentes, o estamos ausentes. Nuestra influencia depende de estar presentes, depende de nuestra capacidad de participar y sostener esa participación.

Esta observación me lleva a una cuestión de importancia temática pero también de largo plazo: los acuerdos de libre comercio con Perú, Colombia y Panamá. Estos tres acuerdos, de ser aprobados por nuestro Congreso, crearán un hilo continuo de socios de libre comercio desde el Artico a la Tierra del Fuego. Estos acuerdos abarcan dos terceras partes del producto interno bruto del hemisferio, sin contar a Estados Unidos, y crean una plataforma estratégica para que las Américas alcancen, a través del Pacífico, a las economías dinámicas de Asia.

Lo que es más importante, estos acuerdos de libre comercio son una parte esencial de nuestra participación en el hemisferio, y el componente clave de nuestra estrategia más amplia para el desarrollo económico y social de las Américas. Las tres lacras de las Américas – la pobreza, la desigualdad y la exclusión social – no pueden ser superadas sin el crecimiento y la oportunidad que crean los acuerdos de libre comercio. El paradigma del desarrollo en las Américas ha cambiado. El desarrollo ya no puede llegar desde adentro. Ya no puede provenir de la sustitución de importaciones y el proteccionismo. Debe ser impulsado por la exportación. Sólo puede provenir de conectarse con el mundo, de conectarse con los mercados y, entonces, usar las instituciones democráticas para asegurar que la prosperidad y la oportunidad que resultan quedan a disposición de los miembros más pobres y más vulnerables de nuestras sociedades.

Uno de los pasos más importantes que podemos dar en apoyo de nuestros vecinos y amigos es aprobar y poner en vigencia los acuerdos de libre comercio que están pendientes ante nuestro Congreso. Estos acuerdos representan mucho más que el comercio. Representan nuestra determinación de promover en nuestro hemisferio la prosperidad y la seguridad, el buen gobierno y la justicia social.

Fracasar en la aprobación estos acuerdos sería un retroceso tremendo para Estados Unidos y para nuestra capacidad de ir en pos de nuestros intereses en las Américas. Sería también un favor especial para aquellos que han tratado de revivir una desacreditada agenda de autoritarismo, estatismo económico y antinorteamericanismo.

A la política estadounidense en la región la mueve el reconocimiento de que debemos estar presentes. Esto definió el viaje del presidente a cinco países de la región en marzo, y ha delineado nuestro despliegue del buque hospital estadounidense, el COMFORT, y la cascada de funcionarios del gabinete que han visitado América Latina y el Caribe.

La iniciativa del presidente para vincular la democracia con el desarrollo, de formular el argumento estratégico de nuestro compromiso y participación en las Américas cuenta con amplio apoyo bipartidista. Esto lo entiende la región. Lo que no se entiende es el actual debate dentro del Congreso, en torno a los tres acuerdos de libre comercio. Nuestros amigos y aliados en América Latina y el Caribe buscan una política en relación con la región, que sea de base amplia y sustentable. Esperamos que podamos continuar la buena obra hecha por nuestra representante comercial de Estados Unidos Susan Schwab y el representante Rangel y crear apoyo a los acuerdos de libre comercio a fin de demostrar que tenemos la voluntad y la perspectiva para seguir desempeñando un papel central en las Américas.

Finalmente, permítanme terminar con un comentario acerca de Cuba. Hay en las Américas y Europa un consenso silencioso en cuanto a que el futuro de Cuba debe ser democrático. Hay un entendimiento común de que los cubanos quieren conectarse con el resto del mundo, y quieren disfrutar de los derechos y libertades que se disfrutan a través de las Américas.

Hay todavía diferencias acerca de cómo promover el futuro democrático de Cuba. El compromiso histórico de América Latina con los principios de la no intervención y la soberanía nacional dan forma a cuantos están preparados en la región para participar con Cuba. Pero no tenemos dudas de que ayudar al pueblo cubano a alcanzar su destino democrático y reintegrar su país a las Américas será uno de los mayores retos diplomáticos que encararemos.

Actualmente, el régimen cree que puede ganar tiempo y espacio mediante la represión incrementada dentro de Cuba y la diplomacia agresiva fuera de Cuba. Esta no es una estrategia de largo plazo, y no atiende las fuerzas del cambio que se agitan bajo la superficie en Cuba.

Todas las transiciones políticas y económicas, desde Sudáfrica a Europa Oriental, han requerido el diálogo entre los regímenes existentes y los ciudadanos de sus países. Cuba no será diferente. Una transición pacífica a la democracia requiere un diálogo entre el régimen y el pueblo cubano. Requiere que el pueblo cubano tenga voz en la determinación de su futuro. A través del hemisferio, nosotros y nuestros asociados podemos repetir este llamamiento y trabajar para hacer realidad este diálogo. En esto, creo que nosotros y nuestros asociados podemos encontrar un plano común en una estrategia simple: démosle una oportunidad a la libertad.

(termina el texto)

 
###

 

/
Archivos:  2003  2004  2005  2006  2007  2008  2009  2010  |  Sitio oficial